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Equinoccio_Invernal
EQUINOCCIO INVERNAL ~ Jorge Enrique Bonilla
A medida que moría para Salvador aquel día, qué habría de grabársele para siempre en su memoria, un tren se desplazaba portentosamente a través de grandes distancias grisáceas. Sentado en un cómodo coche de la Long Island Railroad viajaba tímidamente, quizás por el asombro que en un joven puede provocar un novedoso ambiente. Ya hacía rato que había dejado atrás los holgados suburbios de Commack, Long Island, Nueva York. Miraba por la ventana: ante sus ojos se deslizaban gigantescos complejos industriales interminablemente concatenados unos tras otros; inmensas y decrépitas bodegas; vastos patios con todo tipo de insumos y desperdicios; grandes fábricas con chimeneas abominables y majestuosas que eruptaban un denso humo plomizo que nostálgicamente le recordaban las nobles erupciones del Volcán Irazú del año sesenta y dos que le habían rendido ominosa bienvenida al presidente John F. Kennedy. La gran casualidad de que en el preciso momento en que el señor Kennedy se bajaba del avión explotara el macizo del Irazú había impresionado fuertemente su sensibilidad. Recordaba como, haciendo un esfuerzo hercúleo, se había escabullido a través de las grandes multitudes que rodeaban la tribuna desde la cual hacía unos momentos el presidente había concluido su discurso y logró estrechar su mano. Recordaba aquel apretón de manos con un hombre de destino mientras se sentía él a la deriva en el mar de la vida. Las obscuras estrías dibujadas por el paso del tren sobre la blanca frasada de nieve se iban borrando a medida que seguía nevando y se acercaba aquel gusano de acero a su nido: la monstruosa Ciudad de Nueva York.

Su mirada giró hacia el interior del coche; notaba y reflexionaba, (porque Salvador llevaba consigo un perpetuo diálogo interior) qué tan ajena, pero a la par, qué tan seductora y mística le parecía aquella escena (especialmente para él que provenía de la pequeña y ordenada Costa Rica): chicas vestidas a lo antaño con ropajes realmente exóticos, faldas largas, rústicas; pantalones de mezclilla bien tallados, desteñidos y roídos, llenos de parches; sucias y mugrosas chamarras de cuero, chamarras militares llenas de insignias y pintas; cabelleras sucias y desgreñadas; rostros alagañados y sonámbulos, no obstante, Salvador encontraba que las chicas estaban provistas de una sensualidad prehistórica. Los varones lucían largas melenas, bigotes a lo Pancho Villa, barbas al estilo de los hebreos jasídicos...en fin, parecían cavernícolas.

Salvador advierte el paso de una de esas rubias desgreñadas con una cabellera sucia lascia pero con cierto cuerpo que le da al pelo los muchos días de no lavarlo, un color sucio con estrías de mechones unos más rubios que otros, problablemente tostados por el sol ya de varios veranos y otros más obscuros, obscurecidos por la grasa del sudor que despliega el cráneo por la falta de higiene. Le roza el hombro al pasar contorneándose y nota Salvador un parche con la bandera de los EE.UU. en su trasero. Al principio a Salvador le pareció un sacrilegio, pero inmediatamente rectificó su manera de pensar: "¿cómo pueden estos jóvenes sentir orgullo por el emblema patrio cuando los reclutaban a la fuerza y los mandaban al otro lado del mundo a una guerra injusta y absurda bajo el pretexto de salvaguardar la libertad y la democracia. El establecimiento nos dice que vamos ganando la guerra mientras siguen llegando cantidades de cadáveres envueltos en bolsas y jóvenes lisiados y tarados de por vida." Recordó que entre unos meses tendría que encarar al espectro del reclutamiento y Viet Nam. Recordó a su primo que había regresado loco, pero de veras loco de la guerra. El país estaba sumido en una gran guerra que había desgarrado a la nación."

Salvador trataba de definir y encuadrar lo que percibía. El ambiente estaba cargado de una atmósfera electrizante como antes de las grandes tormentas del caribe; cargado estaba el ambiente de un sentimiento romántico, de ese romanticismo que considera a todas las formas, reglas, convenciones y maneras sociales como obstáculo para la aprehensión y expresión de la realidad. Salvador veía destronada la razón, la aurora de un nuevo reino en el cual gozarían de primacía la imaginación y la pasión (porque con la razón el presidente Nixon le había lavado el cerebro por lo menos a la mitad de la nación). Estaba él acaso en las vísperas de una revolución, una revolución en el sentido más universalmente cabal de la palabra, una revoluontofanía.

A medida que se aproximaba el tren a Manhattan sentía que la adrenalina, que como lava ardiente le hervía la sangre, le provocaba un inquieto temblor en todo el cuerpo. Salvador siempre había tenido dificultad en diferenciar el miedo del entusiamo. Después de atravesar un tunel obscuro el tren desembocó en la Penn Station. Un joven con ojos de asombro, alto, bastante alto, se bajaba del tren; delgado, mejor dicho, flaco, un poco encorvado, quizás debido a la gran cohibición que sentía al presenciar un espectáculo para él de otro mundo: una correntada de gente de todas las razas, colores y tamaños iba siendo succionada por una escalinata automática que los arrojaba hacia el exterior de la estación. Se sumó al río de gente y se dejó llevar por la correntada (pensó entonces que así había de ser la vida, se suma una a ella y se lo lleva a uno adónde quién sabe qué diablos). Ya una vez en el exterior, se detiene, busca nerviosamente entre las bolsas de su abrigo y extrae un paquete de cigarrillos; apresuradamente enciende uno y lo chupa con afán. Necesitaba de esa nicotina para calmar los nervios y poder contemplar el exterior de la estación, cuyas abrumadoras dimensiones le agobiaban el espíritu. Prosiguó con un andar un tanto seguro orientándose por sí solo hacia el este, hacia la Quinta Avenida. Pronto comenzó a sospechar lo insólito: se estaba orientando solo, con un sentido de orientación que sólo tienen algunos animales silvestres como las aves y las truchas; caminó mesmerizado como si fuese guiado por un recuerdo atávico. Experimentaba esa extraña sensación de haber estado anteriormente en un lugar a sabiendas de que era la primera vez que lo presenciaba. Se preguntaba si era la intuición que se desplazaba hacia el futuro o simplemente el recuerdo de una encarnación pasada. Fuera lo que fuese, era a ciencia cierta un verdadero déja ‘vu.

Siguió caminando. La tarde estaba gélida y ya había caído el sol, aunque todavía era temprano. Aún no se acostumbraba al cambio de estaciones y mucho menos al frío. Era una tarde a finales del otoño de 1968. Salvador contaba con escasos dieciocho años a pesar de su mirada nostálgica y tristona que notamos en algunas personas de avanzada edad cuando los años y los sufrimientos les han doblegado el mirar. Con un gesto serio y la mirada penetrante, como si tratara de hipnotizar a las multitudes (quizás era su forma de sobreponerse a la timidez que le provocaba la Gran Manzana) avanzaba decidido a caminar hasta la Calle 19 con la Quinta Avenida. Mientras caminaba sacaba un papelucho en el cual de nuevo leía la dirección a la cual se dirigía. La dirección se la sabía de requetedememoria, no obstante, leer la dirección le proporcionaba una sensación de propósito, además, daba una impresión de seriedad e importancia (según él), como si creyera que los estuviesen observando. Caminaba velozmente, como si estuviera asustado (o acaso era simplemente por el afán de calentar el cuerpo). De nuevo, sin detenerse, saca el bendito papelucho, finge leerlo y empieza a rememorar las palabras de aquel amigo que había sido profesor suyo en el Colegio Lincoln de Costa Rica: “Since you’re going to New York I’m going to give you the address of…ya que vas para Nueva York te voy a dar la dirección de un tipo conocedor de lo oculto. Trabaja en una casa editorial, él te puede orientar. Háblale de poesía y confúndele la cabeza...and remember, DON'T YOU GET DRAFTED!...recuerda, ¡NO TE DEJES RECLUTAR!”

Era un edificio de escasos pisos (y él que esperaba subir a un rascacielos), entró al vestíbulo y constató el directorio. Ahí estaba: Aries Publishing Co., 3rd floor. Llenó los pulmones de aire y subió por las escalas. Siempre me he preguntado por qué no había tomado el ascensor, era lo más sencillo. ¿Acaso se debía a su timidez? Porque tímido sí era, lo extraño era que tenía sus arrebatos de extrovertido desmesurado y algunas personas que solamente conocían esa faceta suya lo creían un arrogante fanfarrón. Salvador camuflajeaba muy bien su timidez bajo un gesto serio y metafísico. Es que de veras era muy serio para su edad, a pesar de todos los extrafalarios líos en que se había metido. Iba a tocar la puerta, cuando de repente se asió a la perilla, la hizo girar y violentamente abrió la puerta con irreverente determinación, empujó su cuerpo dentro de la oficina y dijo: “Good afternoon.” Una serie de miradas se fijaron sobre él, por un momento se sintió petrificado. Mantuvo un silencio como si tuviese el propósito conciente de crear suspenso y dramatismo ( o caso es que se sintió perplejo y petrificado como un roedor ante una agazapada serpiente); se aclaró la garganta y con una voz carrasposa (intencionalmente, desde luego, para que la voz no se le fuera a aflautar) exclamó: “I’m Sal Arce (porque así le llamaban en el Commack High School debido a esa extraña obsesión que tienen los angloparlantes con los diminutivos)...I’m a friend of Ted Martin.” El silencio que se desprendió de aquellas miradas inquisitivas le hizo pensar a Salvador que Ted no era el gran poeta que él pensaba. “The poet…el poeta…the author of “The Tree of Flesh”…el autor de El Árbol de la Carne”…el que vive en Costa Rica.” Entonces expidieron unos cuantos: “oh yea…oh yea…oh yea…”Un tipo un pequeño, con la cara delgada y la parte posterior del cráneo alargada hacia atrás, con un aire de encanto y mucha segurida lo intersectó: “I am Jeff List...Yo soy Jeff List. Please have a seat…por favor tome asiento.” Después de charlar un rato Salvador se dio cuenta que encarnba una leyenda: los relatos sobre las montañas exóticas de Costa Rica sazonadas con el misticismo de la doctrina de George I. Gurdieff había encantado a sus interlocutores. Salvador se sintió como pato en su charco. Holgado en su asiento las anécdotas, que amparadas por sus ojos (unos ojos atávicos que descubrían épocas antiguas y legendarias, como si el espíritu maya lejanamente mirase desde las profundidades de su sangre oculto bajo el aspecto de los conquistadores) había mesmerizado a sus interlocutores. Ya era tarde y unos cuantos bostezos y unas cuantas miradas de soslayo a los relojes de pulsera le insinuaron a Salvador que terminara sus historietas.

Salió del edificio junto con Jeff. Aparcado en la calle un nuevo Chevrolet les aguardaba. “Vamos hacia el Upper West Side. Vas a conocer a Sarah, mi mujer…ahí nos podemos arrebatar, tengo una hierba fantástica y el último disco de los Beatles,” le comentó Jeff. Manhattan, ante su sobrecogida mirada, se explayaba como una fantasmagoría.

A Salvador le pareció un siglo, pero finalmente llegaron al Upper West Side. Edificios con singular personalidad y ya con sus años, nada de lo ultramoderno de vidrio y acero que había visto en Mid-town. Se elevaban aproximadamente a un promedio de veinte a treinta pisos coronados muchos con torres albarranas y atalayas. Subieron por el elevador al vigésimo sexto pisto. Al entrar al apartamento un gigantesco atrio se abrió ante sus ojos, una sala de estar que jamás había él imaginado que esos apartamentos pudieran contener. Jeff lo miró a los ojos y le dijo, “ este no es mi apartamento. Se lo estoy cuidando a mi jefe que anda de vacaciones en Puerto Rico. Traté de convencerlo de que fuera a Costa Rica, pero ni modo. Cuanto quisiera yo poder ir a Costa Rica y visitar a Ted. Pero que va, nunca podré tener el dinero.” Lo que más le llamó la atención a Salvador fue un cuadro en el cual de un cráneo emana un árbol con enseñas para él en aquel entonces indicifrables (años más tarde, recordando habría de reconocer las enseñas como símbolos cabalísticos). Se sintió más agusto al ver un afiche enmarcado de los Beatles en la pared. En la sala estaba una pareja. Una mujer rubia treintona con unos blue-jeanes bien tallados de los cuales se desprendía una lascivia que, en aquel enotonces, a Salvador le provocaba escalofríos. Salvador se martirizaba al tratar de deslindar entre el temor y la excitación. Sintió como una marejada que lo sobrecogía poderosamente, lo avasallaba, le revolcaba las emociones y lo convertía en polvo. Era alta , su piel dorada, sus cabellos rubios colgaban sobre el relieve de los pechos que se transparentaban a través de una fina blusa blanca de algodón, que Salvador percibía como incandescentes volcanes que eruptaban sangre en medio de un tremendo terremoto que le provocaba un insidioso temblor en el cuerpo. Tal revuelo lo logró disimular con gran destreza mediante su mirada seria y metafísica.

Desde luego que el orden de los hechos de la llegada de Salvador al apartamento fue trastocado por su atortolamiento: Jeff amablemente le gestiona que pase adelante e inmediatamente llama a su mujer que parecía esperarlo ansiosamente y se la presenta a Salvador. Sarah, estando obviamente embarazada evoca en Salvador sentimientos maternales, luego lo hacen pasar a la sala de estar. En seguida le presentan a la rubia, que cortesmente se pone de pie y efusivamente le extiende la mano. Salvador escucha el nombre pero su atolondramiento no le permite retenerlo. Salvador recobra discretamente su compostura. Luego le presentan al tipo con estampa de hombre de negocios ajipado: “Sal this is John… hola John, mucho gusto…el gusto el mío…” Hablan de la guerra y sobre el deber moral y espritual que cada uno de los ciudadanos concientes tiene para con la nación y la historia de involucrarse en el Peace Movement…

Salvador durmió en el diván. Le costó pegar las pestañas, la imagen de Viet Nam y de la rubia, que dormía en una de las recámaras del apartamento, lo desvelaron por un buen rato.

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